lunes, 18 de marzo de 2013

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LAGOS DE LECHE

En Ruanda los políticos corruptos son invitados a beber un vaso de leche envenenada. ¿No sería buena idea ofrecer a sus colegas europeos una copa de vino con posos de arsénico? De esa manera la paquidérmica administración funcionaría mucho mejor y la secta política ganaría dignidad.
Ruanda aparece como un país lleno de oportunidades, pero no quieren abrirse al turismo de masas que prostituye todo cuanto toca. Muchos peregrinan para ver los gorilas en la niebla e incluso hay potentados que son portados en una litera por abruptos senderos, como si fueran la reina de Saba.
Los ruandeses (hutus y tutsis: some are more equals than others) son altos y elegantes. Los cuartos de baño tienen los orinales a una altura imposible de alcanzar para el europeo medio siquiera de puntillas. Ellas son enigmáticas y fascinantes, como la reina hechicera Ayesha, “She who has to be obeyed”. La gastronomía no es tan buena como en su vecino Congo, aunque empiezan a mimarla. La razón es que los ruandeses son “dioses caídos del cielo” y consideraban el humano acto de comer como algo vergonzoso que había que hacer a escondidas.
Aunque los limitados turistas solo hablan de sus gorilas, es tierra llena de maravillas. Hoy Ruanda vive una bonanza económica formidable y las calles de sus pueblos están más limpias que cualquier barrio de Ginebra, también conocida como Calvingrad.
Tras unas aventuras en Kigali, y gracias a esas deleitosas amistades de los bares, un helicóptero me llevó hasta la región de Nyungwe, en el suroeste del país, muy cerca del portentoso lago Kivu y la frontera con el Congo. Tal lago, a mil quinientos metros de altura, es una de las maravillas del mundo. Sus dimensiones dejan sin aliento y la multitud de islas que lo salpican abren la imaginación a odiseas digas de Allan Quatermain.
Durante un glorioso atardecer me acerqué a la Isla de los Murciélagos entonando arias de Verdi y mariachis para despertarles. Afortunadamente no abandonaron sus cuevas, pues son grandes como la big sumatran rat. En cambio acudieron muchas vacas lustrosas, con un aire tan alegre como melómano.
La navegación por el Kivu es un punch sensorial a la percepción europea. Sus dimensiones colosales desafían la imaginación y uno se encuentra exclamando como Orellana al surcar el Amazonas: ¡Santa María, cuánta belleza!
En sus orillas se levantan palacetes y cabañas. Está rodeado de un circo montañoso con cuidados cultivos, con bohíos donde los campesinos trabajan su tierra privilegiada, en cuyas entrañas se guardan minerales que la industria de occidente ansía.
 Nyungwe es un paraíso naturalista con árboles majestuosos que abren su copa en forma maravillosa, como una de esas copas de champagne a medida –para delicia de monarcas borbones y poetas malditos— de los pechos de la Pompadour. Monos y leopardos se reparten con el hombre estos bosques, y cuando la lluvia cae hay una musicalidad, una watermusic soñada por Haendel, que acerca al paseante con los dioses caídos del cielo en esta tierra sagrada.
A punto estuve de ser un explorador perdido, pero la petaca de vodka que siempre me acompaña es un antídoto contra la fatiga y pude regresar al civilizado lodge. Los senderos son vertiginosos y se pierden en la lluvia, pero cuando escampa los colores y cantos selváticos te inundan todavía con más fuerza. Mi guía, que se llama Julio César, dice que el suelo del bosque está lleno de oro, pero que prefieren respetar la naturaleza pues ya tienen demasiadas minas.
 Es fácil contagiarse de la vibración marcial y poética que se respira en estas regiones.
Aunque es más recomendable beber vodka que leche.

 

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