miércoles, 16 de abril de 2014

 
HISTORIA DE TRANSGRESION

Se cumplen cincuenta años de la independencia de Kenia, cuando Jomo Kenyatta hizo arriar el pabellón británico mientras el duque de Edimburgo le preguntaba: ¿Está seguro de que quieren hacer esto?

La prensa local publica cada día jugosas informaciones al respecto, siendo uno de los capítulos más rocambolescos la herencia disipada de las ovejas negras de la aristocracia inglesa, llena de adulterios, drogas y clubes donde las damas guardaban las formas hasta que llegaba la hora de quitarse las bragas. Algo muy natural, por otra parte.

La situación llegó a ser tan escandalosa que se hizo célebre el “Are you married or do you live in Kenya? (¿Está usted casado o vive en Kenia?) Eran los tiempos excitantes y de moral relajada del earl of Erroll, mientras lord Delamere perdía el ganado que había importado de Australia por hacerlo pacer en unas tierras que los masai consideraban venenosas y Karen Blixen todavía tenía una granja en Africa. Era también el hedonismo eduardiano tras el puritanismo de Victoria.

Tal lectura me recuerda a las crónicas ibicencas de los años cuarenta, cuando el tasmano Erroll Flynn fondeaba su goleta Zaca en San Antonio de Portmany y la isla pitiusa era un mundo aparte donde no reinaba ese fresco general procedente de Galicia (como genialmente publicó La Codorniz en un parte meteorológico). Cierto es que en Palma de Mallorca muchas damas se casaban para poder ir a bailar a Tito´s y que en Menorca las locuras se sucedían entre pomada y tramontana, pero es en Ibiza donde la transgresión se hizo más natural y sus ecos todavía resuenan. La salvaje Formentera, desde que dejó de ser una de las más importantes islas de piratas del Mediterráneo, siempre apostó por un lado más zen y levítico, perfumada por hierbas prohibidas. Where have all the flowers gone? Siguen en Formentera, pero fuera de temporada, cuando uno puede nadar solitario en Migjorn.

Pero para ser transgresor hay que ser individualista, tener estilo y una marcada personalidad. Si no, se cae en una espantosa vulgaridad postiza, que es lo que rodea hoy al mundo de la música electrónica y los turoperadores. La decadencia orgiástica viene dada por el listón del más bajo denominador común que la dictadura socialista ha impuesto en Europa tras la II Guerra Mundial. Entre Visconti y Almodóvar, me quedo con Visconti. Pero se alegará que eso es una simple cuestión de gustos, sobre la que casi todo está escrito.

 
 

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