lunes, 8 de septiembre de 2014

INFLACIÓN SEXUAL


El próximo boom económico europeo lo protagonizará la poderosa tarántula germánica (así se refería Bismarck a sus paisanos). En su parlamento debaten que las prostitutas declaren impuestos y hasta pretenden establecer una tarifa mínima por faena, pretensión que secundan las daifas más veteranas, que andan escandalizas por cómo bajan los precios ante la masiva llegada de las chicas de más allá del Elba.
 Alemania cuenta tres mil burdeles absolutamente legales y estima seiscientas mil trabajadoras del sexo (muchas registradas, sindicadas con carné que pasan controles médicos obligatorios). Eso son más cotizantes que Siemens y Volkswagen juntos, y los pragmáticos teutones no lo van a dejar escapar. Además siempre debaten este tipo de cosas en verano, para demostrar a sus socios mediterráneos que son tan abiertos de mente como de piernas. Sirva de ejemplo que el verano pasado el debate fue el poder asistir al Bundestag acompañado de sus mascotas.
Francia declaró la guerra a Madame Claude—¡cuántas damas de la sociedad internacional temen su nombre mientras deberían estar agradecidas a tan gran celestina!— y ahora los galos peregrinan a los burdeles de La Junquera como antes los españoles iban al cine en Perpignan.

En España la cosa está que arde. Posiblemente sea Valencia la zona con más lupanares por metro cuadrado del planeta mientras que el circuito ibicenco de Lío-Cipriani-Pachá recuerda al malecón habanero, pero con stilettos en vez de chanclas. Hace años hubo en las Pitiusas una madame formidable—hoy casada con un industrial holandés—pero actualmente echar una cana al aire es bastante parecido a un safari.
Famoso fue el burdel de la señora Rius, en Barcelona. Por allí pasaron desde un cachondo Nobel como era Camilo José Cela (cuando se presentó como académico de la lengua, una hetaira le respondió: ¡Anda ya, marrano!), hasta el genio de Salvador Dalí, que  marchaba acompañado de una corte de hermosas modelos y ambiguos efebos. Dalí también ordenaba todas las chicas del burdel, que le hacían corro como si fuera un sacerdote pagano, y luego mandaba traer un pato al cual sodomizaba mientras cortaba su cuello.

Existe una asociación de prostitutas españolas que exige su regularización, pagar impuestos y cobrar la pensión del estado de bienestar actualmente en crisis. Alegan además que sería un duro golpe contra la trata de blancas. El insaciable ministro Montoro debe andar estudiando el caso, que puede sanear las arcas públicas como un polvo rápido. De momento ya incluye su cálculo en el PIB.

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