lunes, 18 de febrero de 2013

LONG ISLAND ICE TEA

ILUSTRACIÓN: ADOLFO ARRANZ



Es curioso como de la hipocresía resultante de estúpidas leyes brotan ideas espléndidas. En España, por ejemplo, con la dictatorial ley antitabaco han proliferado magníficos restaurantes clandestinos y de nuevo se estila eso de la copa en casa antes de cenar. La gente mima su bar y su cocina porque detesta que un soplón les denuncie al encender un cigarrillo. Habrá buenas consecuencias para la salud: La comida en casa es más sana y el alcohol nunca es de garrafón.

Pero uno de las ideas más brillantes ocurrió durante otro abominable decreto yanqui, la Ley Seca. En la época que los Kennedy hicieron su fortuna, los indígenas de Long Island paseaban siempre con un té helado en sus fiestas. Eran jolgorios locos con un aire a lo Gran Gatsby. Naturalmente los juerguistas, en su lucha contra el totalitarismo, hacían el simulacro de beber té, pero en realidad la copa contenía vodka, ginebra, ron blanco, cointreau, zumo de lima y un chorrito de coca cola para adquirir el color de la infusión. El resultado es delicioso como el beso de una ondina y tan mortífero como un directo de Tyson.

Me acuerdo de tan magnífica bebida porque me es de gran ayuda en Lamu cuando alguno de mis amigos omanís me invita a comer a su casa. Ellos son tolerantes, pero sus celosas mujeres prefieren que no beba. Así que me sumerjo gozoso en el simulacro del Long Island Ice Tea. El problema es cuando una de las cuatro mujeres de mi amigo también quiere probar la jarra helada. Desde ese momento hay una adicta más al té en el mundo musulmán…

Ayer surfee las olas verdes del Indico y constaté que empiezan a adquirir una tonalidad tenebrosa. En tierra, las cigarras cantan augurando la llegada de lluvias. Tal vez sea el momento, antes de regresar a mi adorada Ibiza, de seguir con el Grand Tour africano, rumbo a los gorilas en la niebla de Ruanda, el oasis cultural de Etiopía y las maravillosas odaliscas del Líbano. Si Goethe se pasó dos años en la Italia amada por los Byron, Orsay-Blessington, Beckford (inglesi italianizatto, diavolo incarnato), ¿por qué no voy yo a disfrutar unos meses de odisea negra y especiada?

El alejamiento de los packs turísticos es un aliciente y nadie me impide encender un puro en el sagrado bar del Peponi. En Africa la aventura sale al encuentro del viajero que no cuenta los costes del gozo.

Pero hay que saber nadar. 














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