viernes, 2 de agosto de 2013


RONDA LUNATICA

 

Ayer por la noche, en Ibiza, mientras paseaba por la pecaminosa sa Penya siguiendo la estela de una luna bandolera, se me acercó una especie de fantasma mendigando una invitación a un trago: “Un camello puede estar dos meses sin beber, pero ¿quién quiere ser un camello?”. Como siempre he pensado que hay que dar de beber al sediento y la vida da para muchas rondas, saqué unos euros para ayudar al compañero alcohólico en estos tiempos abstemios.

 Pero algo me espantó hasta el punto de helar mi sangre en las venas. El espectro brindaba con una especie de cartón de leche, y mi simpatía dio paso a la cólera. ¡Es aberrante ver a un borrachín bebiendo a morro de un tetabrik! De esa vulgar forma se pierde por completo la dignidad que otorga la botella. Abronqué al pobre diablo y exigí que cambiara cartón por frasco. El borracho, acongojado, me contestó que nunca pensó que caería tan bajo, pero que de ahora en adelante, aunque el vino pueda considerarse como la leche de los viejos, procuraría salir del hoyo del tetabrik y comenzaría a mamar de la teta cósmica que es el buen alcohol, no en vano una preciosa palabra de origen árabe que quiere decir El Espíritu Sanador Eternamente Jubiloso.

Con tan buenos propósitos el bebedor, que también era católico, se puso a brindar por el Papa Francisco, brindis al que me sumé con mucho gusto y rocambolescas reflexiones. ¡Y pensar que el jesuita argentino se metió a cura por el rechazo de una mujer! Personalmente he sufrido numerosos hachazos, pero ni la celda solitaria ni la senda eclesiástica me parecieron nunca una alternativa a los desengaños del corazón. Los caminos del Señor son inescrutables.

Entonces recordé a otro Papa hispano, Alejandro VI. Relaté a mi espontáneo compañero de parranda cómo el Borgia resolvió una disputa entre dominicos y franciscanos. Ni Salomón hubiera estado tan genial… Alejandro VI hizo traerse el motivo de la disputa teologal: el chocolate. Mandó que le sirvieran una taza para poder decidir. Y su sentencia fue gloriosa: “Algo tan bueno no puede ser obra del demonio”. ¡Ah, la sabiduría vital del hedonista!

Con nuestras risas asomó una flor envenenada a la ventana de una casa decrépita. Su melena rizada y rubia refulgía en medio de la noche y tenía algo de pan dorado que recordaba a la incestuosa Lucrecia y, cuando giró sobre sí misma, pude admirar a la Venus Calipigia.

Siempre hay sorpresas para quien sale de ronda.

 

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