lunes, 4 de noviembre de 2013


CUESTIÓN DE HUEVOS

En Baleares los payeses se han dado cuenta de que si venden sus productos de toda la vida con la etiqueta bio pueden doblar los precios. Hay unos mercados rústicos donde se venden los productos de sa nostra terra con gran éxito. Hay granjas de gallinas que ya no dan abasto y los huevos de la Antonia, que son los de toda la vida, se han puesto por las nubes gracias a las pegatinas ecológicas de rigor. (Incluso conozco un burdel donde ofrecen al cliente un huevo payés para que, a su vuelta a casa, pueda seguir eyaculando maritalmente. Hay que sorberlo crudo, tal vez con una pizca de tabasco. Es un truco caribeño muy efectivo)
En el llamado Primer Mundo existe un boom por los productos ecológicos, biológicos, eco-greens, etcétera. Se pagan a más del doble que los productos normales y suponen un mercado en expansión en medio de la crisis. Es cierto que gran parte de la clientela eco acostumbra a ser algo anémica. Pero ello es por su naturaleza abstemia y anhelos levíticos a lo Buda, quien era mucho más inteligente y tenía una panza feliz.

También hay mucho camelo. En Alemania saltó el escándalo porque muchos de los huevos que se vendían como eco, donde se publicitaba que sus gallinas vivían al aire libre y picoteaban cosas sanas al ritmo de la cabalgata de las valquirias, han resultado un fraude formidable, a medias entre la carne de caballo en hamburguesas y los pepinos venenosos.

Es natural el recelo social ante la codicia de las empresas alimentarias. La carne picada que se compra ya empaquetada resulta un atentado proteínico, el pan industrial sabe a plástico, los transgénicos campan a sus anchas y sus efectos son tan amenazantes sobre nuestro ADN como los cristales del MDMA para el cerebro del clubber.
Para defenderse de tales desmanes están el gusto y la magnífica dieta mediterránea. El comer según las estaciones y el lugar. En Galicia comer percebes y en las Pitiusas, la cigala ibicenca. Sucede que en la era de la globalización de la hamburguesa, la peña se ha olvidado del saber comer. Proliferan los restaurantes de fusión con mezclas inarmónicas que asaltan el bolsillo engañando al paladar. El consumo de vino ha decaído mientras que la cocacola se dispara. La sobremesa ha sido condenada por esta era de las prisas, y el tabaco, suprema comunión panteística que aúna placenteramente los cuatro elementos, es perseguido con saña inquisitorial.
Por eso va bien volver la vista a los productos payeses de nuestros vecinos en lugar de caer en las trampas de las multinacionales. Lo que pasa es que los muy fenicios han doblado los precios.

 

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