miércoles, 12 de marzo de 2014


DE NIKITA AL NECKNOMINATION
 

Dicen los rusos que Nikita Kruschev firmó la entrega de la estratégica península de Crimea a Ucrania mientras estaba borracho. No tendríamos dudas al respecto si Kruschev hubiera seguido la nueva moda denominada Necknomination, inventada en Australia (posiblemente porque se aburren soberanamente), y que se espera con miedo este verano en Magaluf y San Antonio, allí donde están tan locos como para atraer el salvaje turismo británico, bajo cuya pezuña no crece otro mercado.

Consiste la nueva moda en beber sin medida con el propósito de emborracharse frente a una cámara de internet. Pese a mi amor por el alcohol, no le veo la gracia al necknomination por ninguna parte. Pero estamos en la época de exhibirse aunque sea de forma absurda, donde los usuarios de diferentes redes sociales ofrecen datos personales imprudentemente, y ahora encima cuelgan sus tristes proezas alcohólicas, invitando a seguir una cadena planetaria y cibernética de vulgares borrachos.

El alcohol es algo demasiado bueno para semejantes bestias. No deja de ser curioso que el término alcohol venga de la lengua árabe y signifique El Espíritu Sanador. Ahora que me encuentro navegando por el Indico en un dhow bien pertrechado alcohólicamente, a mis amigos musulmanes—la mayoría no prueba ni gota, no se parecen a los que encuentro cada verano en Baleares— les digo que el profeta Mahoma jamás prohibió el vino. Solo regañó a un borracho por descuidar sus deberes religiosos. De ahí pasó su cuñado Alí a condenar el consumo de alcohol. Una lástima, pues hay más versos al vino en árabe que en ninguna otra lengua occidental. Y desarrollaron el alambique destilador de eau de vie, agua milagrosa que actuó como plataforma etílica del Renacimiento.

Pero esto del necknomination es repulsiva muestra de muy barata decadencia. ¿Tendrá la culpa el garrafón o es sencillamente el fracaso de la educación? Siempre ha habido, especialmente en tierras bárbaras, gente muy bruta. El pasado julio, en Ibiza, una tierna criatura venida de Liverpool (era como un retrato de Gaingsborough con acento cockney) me mostró una nueva forma de embriagarse: Empapaba un tampax en vodka y luego lo usaba como corresponde. La curda es casi instantánea. A tan cochino cocktail lo llamaron Tampvodka y causó furor estival-uterino. También conocí clubbers que se colocaban con pastillitas psicodélicas, diferenciadas con el logo de marcas de moda, que iban desde Gucci a Tous pasando por Vuitton.

Extrañas formas de divertirse que me son ajenas, muy alejadas de una orgía como Dios manda.

 

 

 

 

 

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