martes, 4 de marzo de 2014


MEDITACION DE ASESINOS

La detención de dos asesinos etarras mientras practicaban yoga en Puerto Vallarta parece surrealista o propia de una película de Almodóvar. Pero la realidad fuera de la manta-mantra de tales talleres de yoga a veces es escalofriante: Quien los ha probado lo sabe.

Entre los deseos de iluminación del divino om mani padme hum y los destellos de la sabiduría oriental que algunos memos occidentales imparten como si fuera pensamiento fast-food, se ocultan a veces una serie de psicópatas perdidos en el abismo de sus brumas interiores.

Adolf Hitler, como la mayoría de dictadores modernos, era vegetariano, abstemio y no fumador. Ignoro si practicaba el tantra con Eva Braun, pero su odio no brotaba de devorar un chuletón, su agresividad no venía alentada por un vino del Ring, su locura no era incitada por las nubes azules del sagrado tabaco.

Quien ama el placer, ama la vida y no pretende forzar a los demás a vivir a su manera. Eduardo VII fue uno de los más hedonistas monarcas británicos. Hijo de la puritana reina Victoria, era un amante de los puros habanos, los ardientes licores e incluso mandó ensanchar las bañeras de los diversos Ritz para poder hacer el amor a sus queridas acuáticamente. La historia le reconoce como un pacificador que supo controlar los vientos bélicos que aullaban por las cuatro esquinas del viejo continente. Fue a su muerte cuando se desató la Gran Guerra que asesinó Europa y se evaporó como un sueño el mundo de ayer descrito por Stephan Zweig.

Alegra el éxito de La gran belleza. Es una película italiana con rondas nocturnas por los palazzos romanos y flamencos que acuden al amanecer de una terraza a contemplar una santa. Destila un elegante cinismo y una dorada decadencia, un natural carpe diem que no necesita predicarse porque el milagro ya existe. Es un film no apto para fanáticos de manual, criaturas de chándal, comedores de bocadillo regalado en mitin político ni integrantes de secta macrobiótica. Por eso mismo sorprende su éxito y demuestra que la sociedad europea no está perdida del todo, que no precisa de nuevos dogmas new age ni el totalitarismo creciente que amenaza desde la socialista Bruselas.

Christopher Isherwood, Joseph Campbell, Sánchez-Dragó, Luís Racionero, Roberto Calasso…, acercan oriente y occidente sin necesidad de caer en la gilipollez esclavista de tantos nuevos gurús de secta que pregonan un nuevo existencialismo: El infierno son los otros. Los asesinos también necesitan su religión, su yoga y sus acólitos.

 

 

 

 

 

 

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