lunes, 2 de junio de 2014

RAMÓN LLUL EN EL BAR


El Bloody Mary del moderno Saint Regis de Singapur—el hotel más caro de Asia, según gustan informar los taxistas de una ciudad aséptica donde nadie fuma ni se ven pobres—es magnífico. Conserva fielmente la fórmula inventada para conjurar las tormentosas resacas de monsieur Petiot, barman del S. Regis de Nueva York.

Sin embargo es en el Raffles, con su armoniosa arquitectura colonial, donde se está realmente a gusto. (¡A ver si se enteran de una vez los prostituidos arquitectos sin gusto, sentido ni sensibilidad!). Eso sí, hay que evitar las aglomeraciones de hordas australianas devoradoras de cacahuetes, y pasar al Writers Bar, santuario sagrado cuya entrada guarda un elegante sikh.

“¿Es usted huésped del hotel sir?”. “No, pero soy escritor”. “Adelante entonces”, me dice el guerrero hindú mientras cierra el paso al australiano en pantalón corto, un bárbaro que no ha leído a Kipling, Conrad ni Maugham, un patán que ignora la contraseña para entrar al olimpo.

Una vez en el bar hay que olvidarse del Singapur Sling (un coctel con más mezcla que la tripulación de un mercante panameño) y pedir un gin tonic con dosis triple de ginebra. Esa es la bebida que permitió a los puritanos ingleses conquistar medio mundo bajo la bandera del progreso y la revolución industrial. La ginebra y la tónica son una medicina deliciosa para conjurar las maladies tropicales y además te ponen en sintonía cósmica, apreciando mejor el paso ingrávido de las fascinantes malayas y el lenguaje de sus misteriosas miradas.

En el bar encontré a un investigador armenio bebiendo un ricard. Al enterarse que yo era español, me habló con pasión de Ramón Llul: “¡Fue el primero en escribir sobre la destilación del alcohol! También era viajero y recorrió los países musulmanes porque quería unificar las tres religiones: judía, musulmana y cristiana, para lo cual había preparado el terreno el obispo de la Seu de Urgell del año 800, Félix, quien junto al primado de Toledo, Elijando, proponían la doctrina del Adopcionismo: que Jesucristo era hijo adoptivo de Dios y no Dios mismo. Eso era importantísimo porque hubiera permitido entenderse con los musulmanes, que también consideran a Jesús un personaje extraordinario, pero no divino.”

El armenio estaba en Singapur buscando restos de la tradición cristiana en Oriente, contrastando las teorías de que Santo Tomás murió en la India o que incluso el mismísimo Jesús emigró allí tras su resurrección.

Y bebía ricard como si no hubiera un mañana. 

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