lunes, 2 de septiembre de 2013


FASCINANTES HETAIRAS Y RAMALAZOS ORIENTALES

 ¿Alguien se imagina doce agostos seguidos? Afortunadamente en Baleares el clima y las obligaciones laborales de los turistas –da igual que vuelen en Ryanair o en jet privado—favorecen la estacionalización.
 Ya tenemos los cielos de septiembre y con ellos un tipo diferente de guiri que huye de la masificación, que sabe navegar y fondear sin necesidad de comprobar quién la tiene más grande (nos referimos a la embarcación, por supuesto), al que no le cuelan fácilmente un pescado que jamás vio el mar (como hacen en la mayoría de eso que llaman beach-clubes) y que sabe devolver una botella de vino acorchada al asombrado maître.
También hay ramalazos orientales. Los chinos que vienen a hacer turismo todavía se cuentan con los dedos, aunque en Baleares este pasado agosto hemos sufrido los horrores de la superpoblación. De momento vienen delegaciones que quieren aprender nuestro know-how turístico. Como no son tontos, enseguida se dan cuenta de que nuestro principal reclamo es la belleza natural. Por eso no comprenden que el gobierno permita unas peligrosas prospecciones petrolíferas que amenazan el modus vivendi Balear. Si quieren contaminación, ya se quedan en Shangai.

¿Pero por qué querrían hacer turismo los mil millones de chinos? En el año 1421 el almirante Zheng He navegó los siete mares y a su vuelta el emperador dictaminó que el resto del mundo era demasiado bárbaro y no interesaba. Construyeron la Gran Muralla, alimentaron una cultura formidable y quisieron estar tranquilos. Lo consiguieron relativamente hasta que los ingleses—mucho peores que las hordas mogolas— les obligaron a traficar con opio.

En el caso japonés, una isla feudal que tampoco quería saber nada del mundo exterior, fueron los cañones estadounidenses del Comodoro Perry los que les obligaron a abrirse. Han exportado tecnología, sushi, coches y la manía de fotografiarlo todo, pero todavía no nos han convencido con su interminable ceremonia del té.
Ni los chinos practican ya la encorsetada etiqueta de Chou Li ni los nipones mantienen el Bushido. Pero ambas naciones siguen considerando a los occidentales como unas tribus bárbaras que, para su desgracia, han logrado la hegemonía militar.
Los hindúes también son minoría a la hora de coquetear con Baleares, aunque uno de ellos tiene el récord de espléndido al dejar una propina de cien mil euros tras una velada en el ibicenco Ushuaia.
Eso que decía Kipling de que Oriente y Occidente son demasiado diferentes y jamás se encontrarán, todavía se mantiene. El mundo, pese a la globalización turística, sigue siendo muy grande aunque, a veces, en algunos puntos calientes—como nuestro archipiélago—semeje un pañuelo.

Si a Ibiza venían a divertirse los hijos de Gadafi y el churumbel de Obiang, ahora también acuden muchos angoleños y mozambiqueños que experimentan una revolución económica en sus países. Y, tras el paso del Ramadán –que ha vuelto a caer en agosto, para desesperación de relaciones públicas-púbicas—regresan los árabes a disputar las mejores mesas a los rusos.
En medio del derroche que acostumbra al lujo más o menos hortera, la prostitución vive días dorados. El circuito que hay entre Lío, Cipriani y Pachá recuerda al malecón de La Habana, solo que estas jineteras tienen acentos del este y sueñan colarse en algún yate (no precisamente a modo de balsera). La irrupción de estas profesionales, cum laude en artes amatorias, muestra que el sexo sigue siendo una mercancía inseparable del turismo. Mejor que estén ellas antes que tantas agencias de modelos, cuyos directores envían a cándidas niñatas (bueno, a veces no tan cándidas) a decorar las cenas de algún potentado que no sabe pescar por sí mismo.
No contamos todavía con burdeles de la categoría del austriaco Babylon, pero ya hay planes para el próximo verano. Como Ibiza es mágica, cada vez que una madame abre un garito, el cuento de Pretty Woman quiere repetirse y, ocasionalmente, el tiburón se enamora de la sirena. Todavía echamos de menos a esa portentosa jamaicana que conducía sin bragas un Morgan descapotado…

 

 

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