martes, 10 de septiembre de 2013


LEGGEREZZA


 El genial Nietzsche comprendió demasiado tarde el arte que hace fácil la vida. Un  arte muy del sur, en el que su compatriota Goethe era un consumado maestro. Es también ese arte descrito en El Cortesano, de Baldassare Castglione, donde se recomienda hacer las cosas sin que se note el esfuerzo. La maravillosa sprezzatura, que no pueden comprender los ejecutivos agresivos, los intelectuales llorones ni las lobeznas que buscan hombres ambiciosos con metas en su vida.

No es ya naif sino algo tan estúpido el pensar que alguien solo merece la pena porque tiene metas laborales y sufre endemoniadamente con el castigo bíblico de ganar el pan con el sudor de su frente (o del de enfrente), y catalogar de balas perdidas a los que dilatan el tiempo aún más que los relojes dalinianos tomando el sol y bebiendo vino voluptuosamente…

 ¿Quién sabe? Tal vez con esta crisis ya no se dé tanta importancia a la filosofía predadora, se comprenda que trabajo es un término que viene del latino instrumento de tortura trepalium,  y el hombre renazca virgilianamente, gozando de los placeres que la vida pone a su alcance. 

 “La ligereza –escribe Stephan Zweig—es el último amor de Nietzsche, la suprema medida de todas las cosas; lo que da ligereza y salud es bueno, ya sea en el alimento, en el espíritu, en el aire, en el sol, en el paisaje o en la música. Lo que eleva, lo que hace olvidar la pesadez y la oscuridad de la vida y la fealdad de la verdad, solo es fuente de gracia.”

Hoy tenemos necesidad de esa ligereza antigua y mediterránea, porque hay una macabra maniobra global por entristecer el mundo, matar sus colores y tornarlo todo aséptico y gris; necesitamos acentos límpidos, inocentes, alegres, felices y delicados. Incluso frívolos y salvajes siempre que vibren con fuerza vital. Será necesario que cantes, alma mía, para sobrevivir como el ruiseñor que no mira al suelo desde la rama verde donde canta.

El loco danzarín que se asoma para mirar el abismo dándose cuenta, con involuntario erizar de los pelos, de que el abismo también mira a quien se asoma, nos invita a cortejar la parte demoníaca, o sea aceptar la fuerza de lo natural, el goce sin remordimientos, conocer la vida serena y alegre sin miedo al infierno del desencanto. Eso es lo que te permite llegar a ser lo que realmente eres.

 Pero es imprescindible atreverse a ser libre.

 

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