Acabo de llegar a la hermosa y especiada Mombasa. En el
porche de la casa, sobre el océano Indico, desayuno zumo de mango con un
chorrito de vodka, que en estos climas ardientes sabe divinamente. El café
keniata es excelente y enciendo el primer puro extasiado, dando gracias a Dios
por haber sobrevivido al viaje y al laberíntico aeropuerto de Dubai (to buy or
not to buy). Es el momento de leer la prensa local, que es bastante buena, lo
que era el Herald Trinune y hoy es el International New York Times (lo mejor
son las viñetas del Wizard of Iz) y, como aquí el internet funciona mejor que
en Ibiza, leo en El Mundo de Baleares a ese gallego con más conchas que un
galápago que se llama Ricardo Fernández.
Informa Ricardo que en Ibiza las prostitutas pueden ganar
4000 euros al mes. (Yo le diría que algunas mucho más por noche, pero seguro
que él también lo sabe.) Entrevista a la valiente portavoz de la Sociedad
Cooperativa de los Servicios del Sexo, que tiene más razón que un santo en lo
que exige: Quieren cotizar a la Seguridad Social y tener una situación laboral
reglada.
Durante el verano ibicenco el paseo que va desde Lío a Pachá
pasando por Cipriani es como el malecón de La Habana, pero con tacones de Jimmy
Choo y tarifas moscovitas. La prostitución es una realidad social y válvula de
escape psicológica ante la que existe mucha hipocresía e histérico puritanismo, cuando por lo que hay
que luchar realmente es por eliminar la trata, en manos de unas mafias
inmisericordes que secuestran, esclavizan y drogan a mujeres de todo el mundo.
En la católica Austria se encuentran algunos de los mejores
burdeles del mundo. Y se aceptan con gran naturalidad. Cierto es que jamás he
comentado las actividades de las hetairas con un ama de casa, aunque sé de unas
indómitas mujeres de aguerridos cazadores que cerraron un lupanar en el centro
de su pequeño pueblo. Pero es que ese era un caso extremo, y en el largo
invierno alpino las mujeres no quieren compartir a su marido con ninguna otra.
Hace un par de días, en Salzburgo, mientras tomaba una copa
en el Carpe Diem –el bar del Goldener Hirsch es precioso, pero delirantemente
no permiten fumar y por eso está vacío, con la excepción de algún bebedor de té—, un amigo me confesó que, además de
cliente habitual, era probador de las fulanas de una gran madame. Como en
Holanda y Alemania, las prostitutas tienen seguridad social y pasan exámenes
médicos. ¿Por qué no en España?
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