martes, 23 de abril de 2013


AMBROSIA LITERARIA

 Lo de regalar un libro y una rosa es una bella tradición que a mí me gusta enriquecer también con una botella de vino, y no solo en San Jorge. A los dragones de la vulgaridad se les vence con la buena literatura y es una forma maravillosa de conocerse mejor a uno mismo. A ver si convencemos a los pedantes educadores que recomienden leer libros ad hoc en edades escolares, porque es un amor eterno.

A mí me han salvado literalmente la vida, varias veces. Y confieso que he brindado con vino dionisiaco junto al viejo cantor ciego de Quíos (aunque la ceguera de Homero es solo el “signo exterior de la luz interior que le llena y le permite ver las cosas que los demás no pueden ver”; lo sé porque pude verle sonreír en cuanto se acercó al fuego una Dama de las Camelias que no usaba más perfume que el de su belleza resplandeciente de hetaira envenenada); he navegado junto a Long John Silver y ese narrador de historias al que en los mares del Sur bautizaron como Tusitala; paseado por bucólicos bosques con Dafnis y Chloe que me hacen echar los tejos a toda tierna pastora con cierto aroma a flaó; he gritado bien alto la consigna Remember! junto a Athos, pellizcado a las posaderas y bebido cien jarras de Borgoña con Porthos y lucido los perfumados pañuelos de seda de Aramis; me he enamorado de Haydee y besado los pechos de Cleopatra; he descubierto la Atlántida en mitad del desierto del Sáhara y perseguí a su descendiente regia, Antíope de Antrim, hasta la Calzada de los Gigantes; blandí el sable junto a los hidalgos de Monforte y me embarqué en Lepanto  con el bravo Don Juan de Austria; recité en Italia los versos amantes de Garcilaso de la Vega y brindé con el cráneo de Shelley; quemé las naves en Veracruz en eterno camino hacia delante y seguí a un  guerrero de la estirpe de Aníbal y Alejandro, Hernán Cortés: la gesta en el Nuevo Mundo fue posible gracias al amor de sus mujeres que deseaban ser abrazadas tras la cópula, como relata Bernal Díaz del Castillo; navegué en la Victory con Horatio Nelson hasta admirar la piel de melocotón de la hermosa Lady Hamilton; he peleado en riñas de borrachos al lado de Quevedo y aprendido la estocada secreta del duque de Nevers; he visto un leopardo cubierto de nieves en lo alto del Kilimanjaro y participado en safaris junto al whitehunter Dennis Finch-Hatton; me deslumbré en la cuna del relámpago, los altos de Machu Picchu, leyendo los versos de un poeta eternamente enamorado del amor que cantaba abriéndose paso entre los muslos de una mujer como surcando la tierra; me he estrellado contra molinos de viento porque sé que todo caballero andante, de alegre o triste figura, está obligado a luchar aunque no pueda vencer; he nadado por los más peligrosos estrechos de la cordura junto a Lord Byron; escalado a las cumbres borrascosas y bebido champagne helado por los Himalayas en compañía de Mallory; he besado el velo de la diosa Tanit que custodiaba la telúrica sacerdotisa Salambó; aspirado el aroma de las flores malditas mientras era hipnotizado por el hada verde de la absenta; he domado caballos en Tintagel y, tras la copa que me ofreció Ginebra, erré junto a Lanzarote del Lago hasta la celta Galicia; he escuchado el más sublime canto de Isolda mientras me sumergía en el interior de un iceberg que escondía el tesoro de un drakkar; despertado en la cubierta de tres carabelas bautizadas con el nombre de las putas más famosas de Cádiz que cruzaron Plus Ultra; he escapado de novias pesadas escondido en los carromatos de los alegres zíngaros; cabalgado por las estepas rusas hasta bañarme con Taras Bulba en las gélidas aguas del Dnieper; paseado por el filo de la navaja como un traveller in romance; me he jugado todo en la asesina ruleta junto a Aliosha y sus demonios; he surfeado el maremoto que arrasó al mundo pirata en Port Royal; comprendí que el deseo es eterno al ver a un octogenario Goethe suspirar por la adolescente Margarita; he podido entender el canto de los pájaros porque me he bañado en la sangre del dragón de Sigfrido; he bailado el vals con Lucrezia Borgia en el palacio del príncipe Salina; visitado los burdeles venecianos en compañía del chevalier de Seingalt y el marqués de Bradomín, el Don Juan más admirable porque era feo, católico y sentimental; admirado la fuerza indomable y sabia de la vida yendo de farra con Falstaff; asido rayos de luna de Bécquer y, como un gallo escapado, vivo hechizado por la mirada verde de Isis…

Sí, el sueño de Beethoven era cierto: Realmente es posible vivir mil vidas.    

 

 

 

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