martes, 2 de abril de 2013


CÓCTELES LÁCTEOS


COCTELES  LACTEOS 

El kasikazi ruge como Simba en la sabana y ha arrastrado nuestro dhow a la orilla de la costa somalí. El viento es tan salado como un tequila y resulta ciertamente embriagador, pero algo en el aire guarda una promesa dulce. Los aviones espía de los yanquis sobrevuelan nuestras cabezas mientras unos indígenas se acercan con paso elegante. ¿Qué aventuras nos ofrecerá esta escala? ¿Un pirata bebedor de palm wine que corta la garganta como una cimitarra? ¿O tal vez unas huríes capaces de endulzar el océano Indico con una sola gota de su saliva? (Algún día las fotos satélite serán enviadas a la oficina para probar tales experiencias).
Son en realidad los pastores de un rebaño mixto de saltarinas cabras y vacas escuálidas que se acercan hasta el mar para tomar sales de baño. La sal permite que no se deshidraten y da una consistencia especial a la leche que estas generosas y sencillas gentes nos obsequian. Mi barman propone inmediatamente un Irish Coffe y debo reconocer que el puntito de leche caprina se adereza maravillosamente con el Bushmills. Mientras tanto, nuestros anfitriones mascan el khat que les ayuda a digerir las escasas calorías del día.
Ha caído la noche y compartimos unos atunes pescados antes de que saltara el kasikazi. La pesca local es más fácil desde que los fieros piratas abordan a las flotas de altura. Los cantos calman al viento y el crepitar del fuego alienta la conversación. Un viejo pastor, que sabe mucho más de lo que aparenta, me cuenta la razón de que alguna gente de la costa este africana posea rasgos orientales: Los chinos hicieron unas curiosas expediciones hace quinientos años, entre 1405 y 1453.  Las mandaba el almirante Zheng He, un eunuco musulmán de origen mongol. Navegaban en 37 gigantescos juncos, de una dimensión diez veces mayor a los barcos europeos del mismo tiempo. Pero entonces China renunció al imperialismo, convencida de que el resto del mundo no estaba maduro para ella. Se encerraron tras su muralla, considerando al resto del planeta como una panda de bárbaros. Hasta hoy, que parece que sí que están interesados, porque te los encuentras por todo África construyendo carreteras a cambio de concesiones mineras.
 Amanece, y la subida de la marea ha liberado el dhow, que navega nuevamente alborozado. Pero la ausencia de ginebra nos obliga a desviar el rumbo y hacer una parada estratégica antes de enfilar a Zanzíbar, tal vez en Watamu o Malindi, esa franja tan inundada de italianos como Formentera en ferragosto.
Gracias a los cocos que nos arrojaron unos noctámbulos chimpancés, mi  barman prepara a bordo una sorprendente piña colada, un cocktail que yo creía para señoritas, pero que es refrescante, potente y vitamínico. Cierto es que pone triple de ron antes que leche de coco, y así la copa permite admirar mejor la playa kilométrica de arenas blancas, como una mulata de sonrisa de caimán cortejada por Corto Maltés.
¿Qué más da el destino cuando se goza de una buena travesía?

 

 

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